


Tras los hechos ocurridos en Tibú (Norte de Santander), en los que murieron tres erradicadores manzanareños al explotar una mina.
Una colcha para el frío
Una camada de hombres desciende de un bus a un costado del Parque de Bolívar de Manzanares.
Saludan efusivamente a sus madres y esposas luego de cerca de 20 horas de un viaje que los trajo del Catatumbo (Norte de Santander) donde arrancaron matas de coca durante un mes. A 40 minutos de allí, en el corregimiento de Las Margaritas, Luz Mila Rincón y Reinero Gaviria realizan los preparativos para el novenario de su hijo Carlos Augusto, quien murió cuando laboraba como erradicador al lado de los hombres que acaban de llegar al pueblo. Una mina se lo llevó con otros tres campesinos.
A sus 36 años era el niño de la casa y la familia no quería que se fuera, pero una costosa operación de oído para su hijo de siete años, radicado en Bogotá con la madre, no le dio lugar a la reflexión. “Tengo que hacer algo porque por aquí no hay de qué echar mano”, le dijo Carlos Augusto a sus padres.
La tozudez del hombre de 36 años permitió apenas que su madre, ya resignada, lograra convencerlo por teléfono para llevar una colcha que lo arropara en las noches. Eso fue la víspera de la partida, cuando él estaba en Manzanares y ella en su casa de Las Margaritas.
Al día siguiente, Luz Mila, mujer robusta y ágil, tomó una chiva rumbo al pueblo, al tiempo que Carlos Augusto abordó un bus con los demás erradicadores. Los carros se cruzaron en la vía y él gritó para que se detuvieran. Se bajó y en un encuentro fugaz su madre le entregó la colcha y lo persignó. Fue la última vez que se vieron.
El tiempo de ausencia fue de incertidumbre. Un par de llamadas que él hizo no sirvieron para calmar la zozobra de Luz Mila. Que había llegado a Tibú, que el calor era del demonio, que la bendición, que a donde iban no entraba la señal del celular, así que tocaría esperar para comunicarse de nuevo. Eso le dijo el domingo antes de comenzar a erradicar.
Y ella rece que rece. “Yo todos los días decía: 'Dios mío, ¿dónde está mi muchachito? Que no le pase nada por allá'. En esa zozobra vivía yo hasta esa noticia tan horrible”.
El celular timbró y una funcionaria de Acción Social preguntó por su esposo, pero como no se encontraba, ella fue la depositaria de la novedad. “¡Imagínese: mi madre estaba conmigo y yo gritaba desesperada y ella que qué le pasó, mija, qué le pasó, qué le pasó. Y yo que mi niño, mi niño, mi niño!”. Entró en un frenesí que le hizo perder la conciencia.
El vacío
Es martes y en la casa de Luz Mila huele a flores. En un rincón variopinto reposan ramos de claveles, crisantemas, astromelias y rosas que llegaron desde el día del entierro de Carlos Augusto. La compañía ha sido constante. Al sepelio asistieron dos escaleras y cinco jeeps atestados de personas, muchas de Cali y Pereira. Ahora están con ella, además de su madre, algunas vecinas y su hija Lucero, que vino de Bogotá con sus hijos. La casa está llena por estos días.
“No sé al quedar solos qué haré”. En los buenos tiempos esposo e hijo salían juntos a trabajar, ya fuera en la media hectárea de café sembrada al lado del rancho o en cualquier oficio para el que resultaran buenos. “Él nunca nos abandonó. Vivíamos en una unión muy bonita porque lo que había era de los tres. Nunca dijimos: 'esto es mío, esto es suyo y esto, suyo'. No. Era de los tres”.
Una vez pasen las novenas, también pasará este tiempo de novedades: el rincón florido quedará vacío y partirán quienes han venido de otras ciudades. Llegará el futuro al que Luz Mila le teme tanto: quedará en la casa mientras su esposo se acostumbra, mañana tras mañana, a salir a trabajar solo.
La vida lenta de Teresa
Teresa de Jesús Soto es parca, tímida. Junta las manos y las mete en la entrepierna para contar la historia de Rubén Darío Gallego, su compañero. Una historia ya conocida por esos lados: a un hombre desesperado por la falta de trabajo le sonó la idea de irse a erradicar adonde fuera. Ya lo había hecho tres veces, una de ellas en La Macarena. Se fue y regresó en un ataúd sellado. “ Lo único que oí decir fue dizque había explotado una pipa”, dice Teresa con gesto de confusión.
Quizá el de agosto fue un presagio de lo cercana que estaba la fatalidad. Ella recuerda que cuando el pueblo estuvo en fiestas ese mes, “él soñó que una pierna se le había partido mientras erradicaba”.
“Pa' diciembre como que cogió buena plata porque tuvo gastos de dos niños: los bautizó. Estuvo por acá con nosotros pasando 31. Mercó y todo”. Por eso supone que el pago era bueno, al punto que él se atrevió a volver, aunque sabía que corría peligro. “Una vez me llamó y me dijo: '¡Ay mami, esto se calentó! En más rato volvemos a hablar”.
La pareja vivía en una casa prestada en la vereda Buenos Aires. Muerto Rubén Darío, el padre de ella, Marcos, se la llevó para Las Margaritas, a un rancho escondido en una variante del caserío. Teresa dependía totalmente de su compañero. “Es que era el hombre de la casa, el que respondía”, dice.
Una herida que no sana
Por estos días la vida le transcurre en una lentitud pasmosa. Aguarda todos los días la llegada de Marcos, hombre que supera los 60 años y trabaja a jornal. Después de tanto tiempo Teresa está de nuevo, con cuatro niños, bajo la tutela de su padre.
Rubén, el tercero de los pequeños, camina sonriente por la casa. Va de aquí para allá descalzo, inquieto. Una tira de papel higiénico alrededor del tobillo izquierdo le cubre una quemadura que su hermano mayor le causó mientras jugaban, antes de que el padre se fuera. “Yo le estaba haciendo curación, pero después de la tragedia ya no”. Entre el papel se asoma una ampolla que no luce muy bien.
Los niños son su compañía permanente, pues a diferencia de Luz Mila, Teresa no ha estado rodeada de muchas personas. Ni siquiera en las novenas, organizadas por la familia de Rubén Darío. La lejanía de su nuevo hogar le impidió asistir a la mayoría de los encuentros.
“Hasta ahora no he pensado todavía si quedarme acá o qué. Tengo entendido que dan una plata, pero no sé qué hacer”.
¿Y la otra parte de su familia? “Éramos ocho hermanos y al mayor lo mataron. Somos siete por todos. Hay otro que ha erradicado y será que no era la hora de él porque no se quiso ir. Pero el que vive acá con mi papá está por allá erradicando, no sé dónde”. Teresa, mujer falta de palabras, se calla, mira el piso, aprieta los labios.
Dinero, sí; el resto es difícil
Si en algo coinciden los familiares de los erradicadores muertos es en la ignorancia sobre los pasos que deben seguir para reclamar las ayudas a las que tienen derecho.
Responde Acción Social
Según informó el Director de Acción Social en Caldas, Germán Velázquez Ángel, la familia debe acercase a la Personería del Municipio y llenar un formulario. Luego tiene derecho a recibir, por una sola vez, una reparación de 40 salarios mínimos legales mensuales vigentes. Hoy eso equivale a $19 millones 876 mil. El trámite del dinero puede demorar cerca de dos meses.
Aclaró que Acción Social no es la encargada de la contratación de los erradicadores. Laboralmente, ellos dependen de Empleamos, empresa privada que tiene sede en Medellín.
Responde la Cruz Roja
José Fernando Amaya, de la Unidad de Doctrina y Protección de la Cruz Roja en Manizales, dijo que esa Institución hace parte de lo que se denomina Ruta de Atención. Esta se refiere al trámite que debe seguir por varias instituciones una persona afectada por minas antipersonal.
Amaya declaró que para los afectados es complicado y se cansan una vez han pasado por dos o tres entidades. La Cruz Roja ofrece un acompañamiento en la Ruta con el fin de que las víctimas acudan a las instancias a que tengan derecho.
También hacen apoyo psicosocial en fase de crisis (hasta dos días después del hecho) y durante el duelo.
El funcionario agregó que por falta de recursos pueden atender solo a quienes acudan a la sede en Manizales.
Los que regresaron vivos
El martes pasado llegó a Manzanares el grupo de erradicadores que hace un mes salió rumbo a Norte de Santander. Bronceados y descamisados se encontraron con sus familias y una vez más las mujeres que los esperaban dejaron ver la angustia en la que vivieron la ausencia de sus hombres.
La estadía, generalmente programada para 60 días, esta vez duró la mitad.
A pesar de todo se les veía tranquilos, contentos. La esposa de uno de ellos, que lo esperó sin sosiego con una pequeña de 15 meses, dijo que no le permitiría volver. Sin embargo, él no opina lo mismo: “Si se puede, sí”, sentenció.
Los que no regresaron
Manzanares le ha aportado 11 hombres al listado de erradicadores de cultivos ilícitos muertos por causa de su labor:
-2 de agosto del 2006:
José Alejandro Obando (21 años)
Jorge Iván Ramos Ocampo (30 años)
José Nevardo Gallego Gallego (43 años)
Juan de Jesús Salazar Mesa (44 años)
Carlos Andrés Hurtado López (20 años)
Juan David Hurtado López (22 años)
-18 de octubre del 2006:
Waldo José Valencia Franco (59 años).
-5 de febrero de 2008:
José Alexánder Loaiza Herrera y Edwin André Arredondo.
-13 de febrero de 2008: Adrián García Aguirre (25 años).
-24 de junio de 2009: Alfredo Aguirre
-11 de septiembre de 2009: Rubén Darío Gallego Carmona
Carlos Augusto Gaviria Rincón y Manuel Gerardo Ardila.
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